COOPERATIVISMO OBRERO, CONSEJISMO Y AUTOGESTIÓN SOCIALISTA

      ALGUNAS LECCIONES PARA EUSKAL HERRIA


      8. PODER OBRERO Y COLECTIVISMO EN CATALUNYA Y ARAGÓN.

      Para entender, por su parte, la rápida y radical respuesta en Catalunya en 1936, para seguir con le hilo del texto, y muy especialmente en Barcelona, hay que comprender además de la fuerza del anarquismo también la larga experiencia anterior del cooperativismo en general que había adquirido una legitimidad social muy amplia. las masas trabajadoras y casi toda la pequeña burguesía respondieron con la misma celeridad que en Euskal Herria, como hemos visto en el capítulo precedente. Los militares sublevados apenas tuvieron posibilidad de victoria y los catalanes gozaron de la ventaja de no ser una zona tan prioritaria para los sublevados como Madrid y Euskal Herria. Las masas trabajadoras se autoorganizaron desde la base e impusieron medidas de control obrero y expropiación de las grandes y medianas empresas de modo que se pude decir que sólo los talleres artesanos y pocas pequeñas empresas siguieron siendo privadas.

      Mal que bien pero con una rapidez que sorprendió al mundo, los parias de la tierra se pusieron en pie y organizaron una democracia obrera en medio de una guerra implacable. De inmediato se formaron columnas que salieron de Catalunya en ayuda de los frentes decisivos, el madrileño y el aragonés. Sin embargo, el consejismo catalán sufría del cáncer interno compuesto por la inoperancia política del anarquismo y el reformismo práctico del gobierno republicano y de las fuerzas que le apoyaban, el partido comunista oficial sobre todo. Los anarquistas regalaron el poder popular a la mediana y pequeña burguesía nacionalista catalana y al reformismo, y los stalinistas esperaron a ser fuertes para arrasar a los "ultraizquierdistas" fueran marxistas, socialistas o anarquistas, y paralizar los avances revolucionarios e incluso recomponer el poder burgués republicano. Esta "contrarrevolución interna" sucedió a partir de mayo de 1937.

      En el Estado español el poder popular y consejista se instauró de la noche a la mañana fundamentalmente en Madrid, Aragón y en menor medida en Asturias, pues los obreros estaban muy debilitados por la represión de octubre de 1934. Hubo conatos de poder popular y las milicias malamente armadas pero muy decididas recorrieron Extremadura, Guadarrama, Murcia, Castilla, la nación andaluza, etc., pero pese a su voluntarismo no tuvieron mucha continuidad y, excepto en Aragón, bien pronto los socialistas y stalinistas salvaron la república burguesa. Aunque en Madrid se colectivizó un tercio de las empresas y se tomaron medidas de excepción, el orden no sufrió un ataque total y fue salvaguardado en cuestiones decisivas. Si bien en muchas zonas los campesinos recuperaron sus tierras, solamente en la retaguardia aragonesa se socializó el campo, expropiando a los terratenientes y a la Iglesia.

      Nunca valoraremos lo suficiente el significado histórico de estas conquistas que, entra otras muchas lecciones, demostraron que es factible dar saltos cualitativos de progreso histórico si se tiene el poder político. En muchos sitios se suprimió el dinero y floreció una economía antagónica con la capitalista. Pero la reacción del stalinismo fue, primero, desde el Ministerio de Agricultura boicotear todo lo posible la expansión del cooperativismo y del colectivismo y, segundo, al fracasar, mandar al ejército republicano obligando a los campesinos a deshacer las cooperativas y comprar individualmente las tierras, haciéndose propietarios de ellas. Es decir, reinstaurar el capitalismo. Pero, al marcharse el ejército, los campesinos quemaban las escrituras de propiedad individual y reabrían las cooperativas... hasta que llegaron los franquistas con sus curas y su propiedad privada.

      Enrique Lister --"Memorias de un luchador"-- fue el general republicano, militante del PCE, encargado oralmente, sin que constara en un documento oficial del Gobierno de Madrid, del desmantelamiento por la fuerza de las comunidades campesinas representadas en el Consejo de Aragón. Lister afirma que: "Al salir de la entrevista con Prieto y ultimar con Rojo cuestiones de tipo militar, me fue a informar a la dirección del Partido de la misión que acababa de recibir (con ello no descubría ningún secreto, pues en el Gobierno que había tomado la decisión había dos ministros comunistas). Los camaradas me confirmaron que el acuerdo existía". Su versión constituye uno de los contrapuntos a la versión anarquista --idealizada en parte-- de aquellos acontecimientos. Lister ofrece una versión bastante más matizada de la situación, aunque no puede superar el esquema estratégico de su militancia stalinista, como se comprueba al leer los bandos oficiales de prensa de agosto y septiembre de 1937, en donde se denuncia la existencia de armamento, munición y víveres en la retaguardia cuando eran necesarios en el frente. Dejando de lado si la cantidad y calidad de las armas encontradas era significante en comparación con el arsenal en el frente, pensamos que no, el problema de fondo radica en su loa a la necesidad de "paz social" en la retaguardia republicana, y en la insistencia en que las masas trabajadoras debían estar desarmadas y respetando la legalidad económica burguesa.

      La asombrosa experiencia de las colectivizaciones ha sido silenciada, tergiversada, subestimada o negada directamente porque contradecía de raíz toda la concepción estratégica del stalinismo en general, y de todas sus derivaciones y tendencias. Es definitivamente esclarecedor que fueran incluso físicamente los mismos quienes destruyeron el colectivismo en 1936-39 y quienes destruyeron el movimiento obrero asambleario en 1969-79 en el Estado español. Sin embargo, desde la izquierda revolucionaria se ha mantenido viva la crítica teórica y la capacidad de extraer lecciones de las derrotas. De entre la excelente bibliografía disponible citamos estas interesantes reflexiones de Victor Alba en "Los colectivizadores":

      "Las colectivizaciones fueron víctimas indirectas, así de la confusión entre poder y política. El movimiento sindical había sido en España anticapitalista, lo cual no le había impedido actuar dentro del capitalismo, utilizando los medios de acción que arrancaba al capitalismo para combatir a éste (organización, huelgas, contratos, etcétera). Del mismo modo, aunque se esté en contra de la política (como lo estaba el anarcosindicalismo) y se considere la autoridad tan corruptora como la propiedad privada, no debía renunciarse a utilizar los medios que pudieran arrancarse a la política para combatirla. La mejor manera de disminuir el poder es tomándolo y desde el poder dispersarlo y, al mismo tiempo, utilizándolo para defender esta dispersión y para efectuar su devolución al pueblo. Ligado con este error inicial hubo otro: el de no atraerse a la clase media (...) El movimiento obrero, aunque no atacó los intereses mesocráticos, no llevó a cabo una política de atracción de la clase media. Era perfectamente posible, sin perjudicar los intereses obreros y hasta beneficiándolos. Habría podido incorporar a buena parte de la clase media a sus organizaciones, establecer ligámenes permanentes entre empresas privadas --pequeñas y medianas-- y la economía colectivizada, utilizar más en esta los servicios de los profesionales (...) Si el movimiento obrero --el conjunto de las organizaciones obreras y no sólo una-- hubiesen tomado el poder en julio de 1936 (en realidad, lo hubiesen aceptado o recogido, puesto que estaba en medio de la calle) la clase media, con su tendencia a ir a remolque del más fuerte, habría seguido al movimiento obrero y los enemigos de las colectivizaciones no hubieran encontrado una base sobre la cual encaramarse y utilizarla como carne de propaganda y de rumores contra la propiedad colectivista".

      Mientras se producían estos ataques contra el movimiento campesino, el movimiento obrero también sufría otro devastador recorte de sus conquistas revolucionarias. Morrow ha descrito en "Revolución y contrarrevolución en España" cómo fue este ataque desencadenado desde la primavera de 1937, y de manera irreversible desde el mes de mayo. Una de las primera decisiones fue anular la vigencia de los decisivos tribunales populares activos desde el 19 de julio de 1936. Otra fue cerrar todas las radios de partidos y sindicatos el 18 de junio de 1937, y el 23 de junio se dictó la ley que anulaba las libertades de crítica revolucionaria con la excusa de hacerlo así podría significar pasar información al enemigo. El 29 de julio se anunció la detención de diez miembros del POUM, partido al que pertenecía A. Nin, autor del librito "Los soviets", como hemos visto antes. El 12 de agosto se reforzó aún más la justicia burguesa y se recortó la iniciativa obrera en la vigilancia de la Iglesia, que había optado pública y abiertamente por Franco. El 14 de agosto se prohibió toda crítica a la URSS, y, por no extendernos, citamos a Morrow:

      "El Ministerio de Defensa mandó tomar las fábricas, una por una. El 28 de agosto se promulgó un decreto otorgándole al gobierno el derecho de intervenir o tomar cualquier empresa minera o metalúrgica. El gobierno declaró explícitamente que el control obrero debía limitarse a defender las condiciones de trabajo y a estimular la producción. Las fábricas que resistieron vieron negados sus pedidos de créditos o, habiendo hecho sus envíos, no se le pagó hasta que cedieron a la voluntad del gobierno. En muchas empresas extranjeras los obreros ya se habían visto despojados de toda autoridad. El Departamento de Compras del Ministerio de Defensa anunció que a partir de cierto día sólo haría contratos con empresas que funcionaran "en base a sus viejos propietarios" o "bajo la intervención correspondiente controlada por el Ministerio de Finanzas y Economía (...) El paso siguiente, por el cual los stalinistas venían librando una campaña de meses, fue la militarización de todas las industrias bélicas: transporte, minería, metalurgia, municiones, etcétera (...) Pero militarizar fábricas que ya están en manos de los obreros, junto con la plena indemnización a sus ex dueños liquida el control obrero de las fábricas y prepara la devolución a sus ex dueños".

      Muchas y concluyentes han sido las criticas al comportamiento de la URSS para con la República española en la guerra de 1936-39. El grueso ha coincidido en que la URSS sacrifico el proceso revolucionario en el Estado español a sus intereses estratégicos internacionales e internos. Se trataba de estabilizar una "república democrático burguesa" que no espantase a las burguesías "democráticas" europeas y que les convenciese de la necesidad de pactar con la URSS una alianza para detener a Hitler. Para ello la URSS necesitaba sacrificar la revolución social y las luchas de liberación nacional en el Estado español, no abriendo un frente revolucionario en el sur de Europa, frente que asustaría a las burguesías y que daría, según la URSS, razones a Hitler y Mussolini. Esta tesis no solo ha sido confirmada por los investigadores que desde comienzos de los años ’90 pueden acceder a muchos de los documentos del PCUS antes entonces secretos, sino que además ha sido enriquecida por datos espeluznantes. Tres investigadores, Radosh, Habeck y Sevostianov han resumido en "España traicionada. Stalin y la guerra civil", las conclusiones sacadas del estudio de decenas de documentos rusos:

      "En cuanto a la Unión Soviética, que pronto iba a suministrar armas y consejeros a la República, perseguía un doble objetivo. Cualquier intervención debía tener lugar dentro del marco de la política general soviética de establecer alianzas con Francia y Gran Bretaña; de ahí que Stalin proporcionada ayuda militar suficiente para que la República se defendiera a sí misma, pero no tanta que pudiera asustar o irritar a occidente. Además, su ayuda incluía la intervención en la política de la República, destinada a obtener el control sobre la guerra e impedir a cualquier grupo de la extrema izquierda española --ya fueran anarquistas o comunistas revolucionarios-- fomentar la revolución social. Semejante evento, según pensaba Stalin, atizaría el miedo en las mentes de los dirigentes del Occidente conservador, por lo que debía evitarse. Los comunistas españoles, actuando bajo la orientación soviética, se convirtieron en un baluarte contra la revolución, la colectivización y el desorden social, al mismo tiempo que trataban de manipular y controlar los acontecimientos para sus propios fines".

      Mientras se producían estos acontecimientos, en el interior de Europa se vivieron experiencias transcendentales silenciadas o tergiversadas por las izquierdas y derechas, prácticas de poder popular y consejos obreros que no sólo sacaron a la superficie problemas de entonces sino que también anunciaban y adelantaban problemas estructurales muy actuales. Comprendemos ahora, tras este fugaz repaso de la experiencia consejista hasta 1939, que en plena guerra mundial, a finales de 1941, Brecht instara a Korsch a que investigase las relaciones entre los partidos y los consejos.

      La experiencia histórica era, hasta entonces, apabullante pero lo sería aún mucho más y Brecht, como muchos marxistas y revolucionarios conscientes de la gravedad del momento y de lo que realmente sucedía en la URSS, preveía un agravamiento del problema. De hecho, aunque él no tuviera noticias fidedignas de lo que ya empezaba a suceder en los territorios ocupados por el nazi-fascismo, sí comenzaban a surgir algunos comités de resistencia y grupos clandestinos no sólo en el campo sino también en las ciudades y zonas industriales, de donde brotarían al poco tiempo auténticos poderes populares armados que en 1945-47, aproximadamente, podrían haber generalizado un proceso revolucionario en zonas estratégicas del capitalismo europeo.

      Una constante significativa que no podemos analizar ahora, es que la alta burguesía europea no nazi-fascista públicamente no impulsó en modo alguno el nacimiento de la resistencia, y que sólo sectores muy contados de la mediana burguesía --Países Bajos sobre todo-- la apoyaron para cortar de raíz la extensión y el prestigio creciente del movimiento obrero y campesino; otras medianas burguesías se sumaron muy tarde, cuando era segura no sólo la derrota nazi-fascista sino, sobre todo, que no habría una rendición pactada. Esta cobardía oportunista y rastrera, egoísta, minó muy profundamente la legitimidad de las burguesías colaboracionistas en la práctica, o pasivas del todo, de manera que el movimiento obrero europeo gozó de unos cortos años de supremacía absoluta en cuanto única fuerza social capaz de solucionar los problemas del pueblo en su conjunto, legitimidad decisiva que ya los clásicos marxistas habían valorado en su justa importancia desde mediados del siglo XIX.


      9. LA GRAN OLEADA CONSEJISTA DE POSTGUERRA

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